Desaparecer

En el andén de la estación ferroviaria, un hombre de abrigo marrón percibe en su cuerpo el consabido hormigueo. Todo empieza en las manos, por lo que las observa con curiosidad. En su caso, es la mano izquierda. Las falanges se desvanecen como si una brisa las barriera. Su alianza de matrimonio tamborilea en el suelo. El proceso es de unos pocos segundos, suficientes para ver que un niño lo señala con la boca abierta. La madre baja la mano del niño y tapa sus ojos. Del hombre de abrigo marrón solo queda una montaña de ropa desinflada. La madre del niño divisa al guarda de la estación y lo llama. El guarda se acerca con una bolsa plástica, en la que arroja las pertenencias. Mientras toma la alianza del suelo, siente que un cosquilleo en su cuerpo. La mano derecha se esfuma desde el pulgar.

La última inundación

El equipo científico hace el último relevamiento desde el punto de los 26,71 metros sobre el nivel del mar. El piloto señala los rayos que estrían el cielo oscurecido del mediodía y les exige abordar la nave de inmediato. Los vientos del sudeste empujan la vasta masa fluvial en un camino sin retorno. En unas pocas generaciones, ya nadie recordará haber caminado sobre esta ciudad con nombre de aire y destino de agua.

Seis palabras (ejercicio)

Igualito al papá. Seis ojos verdes.

El pie cambió. La huella, no.

Primer trabajo: apilar frascos de nostalgia.

Imprimió comida. Probó. No le gustó.

Sobre el iceberg, trompas de elefante.

Una laguna afiebrada. Será la primera.

El tragaluz dejó al mundo oscuro.

Informe de autopsia (revisar): Aún respira.

Ejercicio: cuentos en seis palabras + palabras aleatorias (https://palabrasaleatorias.com/)

Escena

Una mujer camina nerviosa sobre el escenario. Olvidó el texto de la obra. Otra mujer, sentada en una butaca, anota que la actriz es poco profesional. La autora mira a ambas y se golpea la frente.
—¡Así no lo imaginé! —grita—. Vos, la que está sentada, vas a volver a la ficha. Tal vez me sirvas para otra novela.
—¿Y yo? —pregunta la mujer sobre el escenario.
—Vos quedás liberada. Te podés ir.
—¡No! Puedo mejorar, lo juro. Mario me está buscando y no quisiera volver a su mente.

Diatriba contra una jarra

No te parecés para nada a un elefante. No podés protegerme de la lluvia. Mucho menos puedo esperar que escribas algo lindo. Tampoco algo feo. No servís para proyectar películas ni para proponer un sistema de coordinación de semáforos. No podés dar clases de yoga, ni clases de aeróbics o de apoyo de matemática o geografía. No sos alguien que sepa las direcciones de los museos más importantes. No podés manejar un colectivo y tampoco tenés idea de para qué sirve la senda peatonal. No cantás, no recitás poemas ni te comunicás en lengua de señas. No sos comestible, no sos blanda, no sos gustosa. No tenés wifi, no te conectás a nada, no sos un barco, ni siquiera una balsa. No podés levantarte si alguien te empuja. No podés alejarte de los que te molestan. Pero lo que más me indigna de todo es que ni siquiera tenés la delicadeza de decir gracias.