Desaparecer

En el andén de la estación ferroviaria, un hombre de abrigo marrón percibe en su cuerpo el consabido hormigueo. Todo empieza en las manos, por lo que las observa con curiosidad. En su caso, es la mano izquierda. Las falanges se desvanecen como si una brisa las barriera. Su alianza de matrimonio tamborilea en el suelo. El proceso es de unos pocos segundos, suficientes para ver que un niño lo señala con la boca abierta. La madre baja la mano del niño y tapa sus ojos. Del hombre de abrigo marrón solo queda una montaña de ropa desinflada. La madre del niño divisa al guarda de la estación y lo llama. El guarda se acerca con una bolsa plástica, en la que arroja las pertenencias. Mientras toma la alianza del suelo, siente que un cosquilleo en su cuerpo. La mano derecha se esfuma desde el pulgar.

La última inundación

El equipo científico hace el último relevamiento desde el punto de los 26,71 metros sobre el nivel del mar. El piloto señala los rayos que estrían el cielo oscurecido del mediodía y les exige abordar la nave de inmediato. Los vientos del sudeste empujan la vasta masa fluvial en un camino sin retorno. En unas pocas generaciones, ya nadie recordará haber caminado sobre esta ciudad con nombre de aire y destino de agua.

Escena

Una mujer camina nerviosa sobre el escenario. Olvidó el texto de la obra. Otra mujer, sentada en una butaca, anota que la actriz es poco profesional. La autora mira a ambas y se golpea la frente.
—¡Así no lo imaginé! —grita—. Vos, la que está sentada, vas a volver a la ficha. Tal vez me sirvas para otra novela.
—¿Y yo? —pregunta la mujer sobre el escenario.
—Vos quedás liberada. Te podés ir.
—¡No! Puedo mejorar, lo juro. Mario me está buscando y no quisiera volver a su mente.

Que

Caen las primeras gotas de lluvia cuando Eugenia nota que olvidó su paraguas en la cafetería por cuya puerta pasa una hormiga que lleva el trozo de una hoja de fresno que tocó el brazo del poeta a quien se le escapa una rima de unos versos que escribe sobre  una mujer que olvidó su paraguas.

El tiempo y el amor

«¡El tiempo pasó volando!», pensó Ana mientras finalizaba su primera y brevísima cita con Ezequiel. De camino hacia su casa, concluyó que sería por aquello de la teoría de la relatividad: diez minutos en una sesión de masajes no parecen durar lo mismo que diez minutos en la fila del Banco Provincia. Lo que Ana ignoraba era que, durante ese período y sobre las coordenadas geográficas donde transcurrió la cita, los científicos del Centro de Experimentaciones Semisecretas lograron comprimir el tiempo mediante el experimento archivado en la carpeta TG-89/1995 y basado en la teoría expuesta en el Capítulo V del libro “Manipulando a Cronos”, de A. F. Ghidini. Como consecuencia, cada hora tuvo una duración de sesenta segundos. Y aunque Ana y Ezequiel estuvieron juntos toda la tarde según su reloj, no tuvieron ni tiempo de terminar el café.

Butacas 34 y 35

José López Balasto, butaca 34, es la persona que más sabe en el planeta acerca de las poblaciones de pequeños moluscos que habitan en la costa de la provincia de Buenos Aires. Mario Estrada, butaca 35, puede recitar los nombres de cada uno de los jugadores que pasaron por Racing desde el día de su fundación hasta la fecha. A ambos les resultaría fascinante oír sobre los conocimientos del otro. Sin embargo, cuando  esta noche se encuentren en el micro que los llevará desde Retiro hasta Santa Rosa de Calamuchita, solo intercambiarán un breve comentario sobre el magro contenido de la vianda que entrega la empresa: un paquete con cuatro galletitas de agua y un alfajor de fruta.

Microcuento distópico en tiempos de muros

En el Estado de Ídicum, los niños debían vivir en los edificios centrales dictatoriales hasta que cumplían diez años. Ese día, un oficial les hacía la pregunta que definiría su futura morada: ¿Qué mes se encuentra entre agosto y octubre? Los que respondían septiembre eran llevados a Ídicum Norte y los que respondían setiembre, a Ídicum Sur. Los pueblos no se juntaban jamás porque los separaba un alto muro.

Sin embargo, en el año 78 del calendario idicumense, un niño con serios problemas de ortografía cambió el curso de la historia cuando dio una tercera respuesta a la pregunta. La voz se corrió y, a los pocos días, el muro fue derribado al grito revolucionario de ¡Sectiembre!

Baños necesarios

—¡Un baño a la semana es muy poco, Julián!

—Pero, mamá…

—Pero, mamá, nada. Tenemos que remodelar dos baños a la semana. Si no, la empresa familiar se va a fundir.

Salida laboral (3)

Luego de su exitosa experiencia como agujero de queso Gruyère, ya no quería dedicarse a puestos menores como agujero de hoja de carpeta o de zapatilla. Ahora se sentía preparado para algo mayor, por eso se postuló como agujero negro.

 

La utilidad de los poemas (y de los presidentes)

El presidente de la Sociedad Poética firmó un decreto, que establecía que los socios teníamos prohibido escribir poemas de amor. Estaba tan triste por haber sido abandonado, que no quería que nadie hablara sobre el tema. ¿Pero sobre qué vamos a escribir?, preguntó uno de los miembros de la sociedad. Escriban poemas útiles, por ejemplo, sobre los alimentos que tienen vitamina A o qué conviene sembrar en cada temporada, respondió. En la siguiente elección, hicimos algo realmente útil: votamos a otro presidente.