Diatriba contra una jarra
No te parecés para nada a un elefante. No podés protegerme de la lluvia. Mucho menos puedo esperar que escribas algo lindo. Tampoco algo feo. No servís para proyectar películas ni para proponer un sistema de coordinación de semáforos. No podés dar clases de yoga, ni clases de aeróbics o de apoyo de matemática o geografía. No sos alguien que sepa las direcciones de los museos más importantes. No podés manejar un colectivo y tampoco tenés idea de para qué sirve la senda peatonal. No cantás, no recitás poemas ni te comunicás en lengua de señas. No sos comestible, no sos blanda, no sos gustosa. No tenés wifi, no te conectás a nada, no sos un barco, ni siquiera una balsa. No podés levantarte si alguien te empuja. No podés alejarte de los que te molestan. Pero lo que más me indigna de todo es que ni siquiera tenés la delicadeza de decir gracias.
Jarra para lavar el pelo de personas que ya no están
Si se desea usar la jarra para lavar el pelo de las personas que ya no están, primero hay que conocer a alguien que ya no esté. Puede ser alguien que ya no esté de nuestro grupo más cercano o alguien que ya no esté de un círculo más alejado, como Napoleón. Lo importante es que esta persona tenga pelo que lavar. Llamar a la persona que ya no esté con mucho cariño, recordándole que es hora de lavar su pelo; por ejemplo, se le puede decir que su cabeza ya está oliendo mal. Esperar a que venga la persona. A veces pueden pasar varias décadas, así que es necesario emprender la tarea con mucha paciencia. Pedirle a la persona que ya no está que se siente en una silla o en un banco (jamás un sillón) y que lleve su cabeza levemente hacia atrás. Tomar la jarra y volcar la sustancia lavadora de pelo sobre la cabeza de la persona que ya no está. Al principio, volcar solo un chorrito y preguntarle si la temperatura es adecuada. Si dice que sí, volcar toda la sustancia. Si dice que no, aumentar o disminuir la temperatura de la sustancia según sea el caso. No es necesario hacer espuma ni enjuagar. Cuando se terminó la tarea, decirle a la persona que ya no está que se puede levantar y retirarse. Guardar la jarra fuera del alcance de niños.
Audiencia semanal
Era lunes y el rey estaba sentado en su trono para las audiencias semanales. Un doctor fue el primero en hablar: había descubierto un tratamiento para la pérdida de memoria. “¿Por qué me habría de interesar algo así?”, preguntó el rey. “Primero y principal, Su Majestad, sus audiencias semanales son los viernes”, le contestó el doctor.
Manuel Belgrano debe estar revolcándose en su tumba
Qué bueno que pudieron venir los dos a esta reunión. Voy a ser lo más breve posible porque sé que son personas muy ocupadas, pero si no se pueden interrumpir las obligaciones laborales en pos de la educación de los hijos, aunque sea por un rato ¿qué mensaje le estaríamos dando a la sociedad? Sí, sí, no es necesario que me contesten. Como ustedes saben, hace poco fue el Día de la Bandera y, para homenajear a Manuel Belgrano en el salón de actos, les pedí a todos los chicos de tercero que hicieran banderas con el material que ellos quisieran. Vean cómo digo “cualquier material” porque sé que por ahí andan diciendo que soy muy rígida y esto no es así; les dejé que hicieran las franjas de nuestra insignia nacional con papel glasé, cartulina, papel crepe o friselina. Hace unos años, no habrían tenido tanta libertad. ¿Por qué les cuento esto? Porque de esta situación nace el motivo por el que los cité. Cuando estaba recolectando las banderas, Santi me dice que él no la había traído. Por las dudas, le pregunté si no había podido comprar los materiales, pero me pareció raro que esa fuera la razón, porque si tienen plata para irse de vacaciones a Europa todos los años, ojalá yo pudiera viajar tan lejos con mi sueldo de maestra, no les debería ser tan complicado ir a la librería a comprarse unos papelitos. Me dijo que no, como pensaba. Descarté, obviamente, que no hubiera hecho la tarea porque reproducir la bandera fuera algo muy difícil, porque parece que Belgrano pensó nuestra bandera para que la dibujara gente vaga, como si supiera quiénes iban a ser las futuras generaciones de argentinos. Santi me dijo que simplemente se había olvidado de hacerla porque se había quedado la noche anterior jugando a la play y, que cuando juega a la play, el mundo desaparece. Entonces le pregunté si sus padres no le habían recordado que tenía una actividad para hacer, porque sé que ustedes tienen un chat de mamis y papis, donde se van pasando las tareas. Él me respondió que no, que sus papás no le dijeron nada. Ah, ¿ustedes no sabían que tenía que hacer esa tarea? Permítanme que dude, porque yo los veo a ustedes que se hacen los que me prestan atención, pero aprovechan cada segundo que miro para otro lado para estar pinguipingui con el telefonito. No puede ser que no hayan visto una notificación del grupo. Y, ojo, no me digan que no están ahí porque sé de muy buena fuente que las únicas que se fueron del grupo son las mamis de Felipe y Jose, después de decirse todo tipo de improperios cuando se enteraron de que el profe de Educación Física estaba de novio con las dos, sin que la otra lo supiera. Habiendo tantos tipos por ahí, ¿por qué venirse a buscar uno a la escuela de los hijos? digo yo. Pero no, claro, eso no es lo importante. Lo verdaderamente importante es que ni a Santi ni a su familia les pareció importante participar en este sentido homenaje al creador de nuestra bandera. Ustedes me dicen que tanto lío porque no hizo la banderita. ¿Cómo se atreven a decir la “banderita”? Acá no estamos hablando solo de la bandera, de un papel o una tela, sino también de lo que representa. Es el significante de un significado que significa algo mucho más grande que la suma de todos nosotros. Hoy Santi se olvida de hacer una bandera, mañana no quiere aprender fracciones, en un año decide ignorar las capitales de América. ¿Y cuál será la siguiente cosa sin importancia que haga? ¿El robo armado a un banco? ¿El incendio de un orfanato? ¿La desactivación de la ONU? Ni siquiera podemos imaginarlo. El mismísimo Manuel Belgrano debe estar revolcándose en su tumba, preguntándose si valió la pena tanto esfuerzo para que el territorio nacional termine habitado por ustedes y por todos los Santis que brotan cada año del suelo como maleza, una maleza que impide el crecimiento de las especies que realmente le dan sentido a este granero del mundo. Cómo me gustaría tomarme una máquina del tiempo para viajar al pasado y decirle a Belgrano dejá, no te calentés tanto, hacé tu vida, disfrutá el momento. Carpe diem, le diría y él me entendería porque sabía latín, ahora la gente apenas sabe hablar castellano. Andate a bailar unos pericones por ahí, pasate las tardes tomando mate con pastelitos mientras ves el sol ocultarse en el horizonte de la pampa húmeda. Si total, vos sacrificás tu vida por la libertad y los que vienen detrás de vos, quienes van a gozar de los beneficios de tu lucha, no van a hacer el mínimo esfuerzo para recordar tu grandeza. Mirá: un tal Santi, que representa lo peor de nuestro país, ni siquiera va a tener ganas de pegar unos papelitos de colores para recrear la bandera. Pero bueno, es como dicen, la manzana nunca cae lejos del árbol. Y así terminó la conversación con los padres de Santiago Loretti, señora inspectora, porque, de la nada, se pusieron a gritar como unos desaforados.





