Zumbido

Andrés teme ser picado por una abeja. Nunca ha visto una, pero leyó bastantes historias sobre muertes causadas por shock anafiláctico. Por supuesto, eran relatos de los tiempos en los que las abejas eran comunes y aún no habían sido diezmadas. Ahora solo están acorraladas en ese apartado lugar del mundo, al que ni siquiera llegó el ataque de las abejas robot contra sus versiones biológicas. Luego de insistir por escrito, el instituto le proveyó un traje de apicultor que fue recreado con evidente torpeza a partir de unas imágenes viejas.  

Mientras reconoce el terreno, suena el pitido del sensor, lo que indica la presencia de una abeja en un radio de diez metros. Enseguida, el número supera la centena. El zumbido que se acerca confirma lo detectado por la máquina. Con una mano temblorosa, Andrés sostiene el temporizador: deberá activarlo cuando el enjambre sobrevuele el sector 21-Noreste. A sus pies, las flores de berenjenas, tomates y zapallos cultivados a partir de las semillas del laboratorio esperan el trabajo polinizador. La hipótesis es que las abejas preferirán las flores provenientes de semillas AC34 por sobre las otras variedades. Si, al menos, un diez por ciento de las abejas registradas se posan sobre ellas, el experimento habrá sido un éxito. Escuchó decir a uno de sus colegas en la reunión de la semana pasada que las AC34 son mejores que las originales que están resguardadas en el banco de germoplasma. Un verdadero trabajo de evolución hecho en tiempo récord.

Andrés no cree que se pueda mejorar la naturaleza. En realidad, no está de acuerdo con aplicar la idea de mejor o peor en un mecanismo que ha funcionado de manera autónoma durante miles de millones de años y cuya finalidad, si existe alguna, nunca nos fue revelada. El sentido de urgencia del Instituto, marcado por los tiempos del gobierno, no debería apresurar a un sistema complejo que tiene sus propios procesos de retroalimentación. Más aún, sabiendo que algo de esta intervención es lo que nos trajo hasta acá. Se le ocurrió mencionar algo así en una de las últimas reuniones, pero la coordinadora del equipo le espetó que no había mucho espacio para la duda epistemológica cuando se avecina una hambruna mundial. Andrés intuye que sus comentarios y a su condición de inmigrante becado, podrían ser algunos de los motivos por los que se encuentra haciendo el indeseable trabajo de campo.

El ruido del zumbido se vuelve insoportable. Andrés nota como su respiración se acelera ante la perspectiva de que alguna abeja logre meterse por algún intersticio del traje. De repente, se ve sumergido en el ojo de un huracán formado por abejas y la oscuridad lo rodea por completo. En la vibración generada por el vuelo de las abejas, Andrés está seguro de percibir que ellas le informan que no van a participar en el experimento. No se lo va a contar al equipo porque ¿cómo explicaría que sintió que las abejas le estaban diciendo algo? Sin embargo, el mensaje le resulta muy claro, ni siquiera considera que el miedo pudo haber sido responsable de algún tipo de alucinación.

El enjambre se rompe tan rápido como se armó y las abejas ahora quedan suspendidas en el aire, con cierta distancia entre sí. Dos abejas lideran la comunicación mediante la danza sobre la que Andrés leyó en varios papers, mientras que las otras observan obedientes. Al terminar la danza, el conjunto se aleja en masa hacia las colmenas del sur. El zumbido desaparece.

Andrés mira la pantalla de control de los microsensores que se colocaron sobre las flores con el fin de detectar preferencias y tiempos de estancia. Solo se ha detectado el intento de polinización en una flor de zapallo. Sobre un pétalo naranja brillante, una abeja emprende los últimos movimientos de sus alas. Andrés oye la voz de la coordinadora del equipo a través del comunicador. Le pregunta si está todo bien.

Ropa de bebé de los setenta

Hola grupo, les cuento que soy escultora y estoy replicando un bebé que falleció hace cincuenta y dos años. Su madre, como regalo por su cumpleaños ochenta, pidió volver a verlo y la familia me contrató para cumplir ese deseo. El caso es que la semana que viene tengo que hacer la entrega, pero para que el bebé cobre vida necesito vestirlo con ropa de la década del setenta. Pensé que iba a encontrar algo en tiendas de antigüedades o en mercados de pulgas, pero no hay caso. Les dejo una foto del niño, así ven lo que estoy buscando. ¿Saben dónde podría conseguir esa ropa?

Desaparecer

En el andén de la estación ferroviaria, un hombre de abrigo marrón percibe en su cuerpo el consabido hormigueo. Todo empieza en las manos, por lo que las observa con curiosidad. En su caso, es la mano izquierda. Las falanges se desvanecen como si una brisa las barriera. Su alianza de matrimonio tamborilea en el suelo. El proceso es de unos pocos segundos, suficientes para ver que un niño lo señala con la boca abierta. La madre baja la mano del niño y tapa sus ojos. Del hombre de abrigo marrón solo queda una montaña de ropa desinflada. La madre del niño divisa al guarda de la estación y lo llama. El guarda se acerca con una bolsa plástica, en la que arroja las pertenencias. Mientras toma la alianza del suelo, siente que un cosquilleo en su cuerpo. La mano derecha se esfuma desde el pulgar.

La última inundación

El equipo científico hace el último relevamiento desde el punto de los 26,71 metros sobre el nivel del mar. El piloto señala los rayos que estrían el cielo oscurecido del mediodía y les exige abordar la nave de inmediato. Los vientos del sudeste empujan la vasta masa fluvial en un camino sin retorno. En unas pocas generaciones, ya nadie recordará haber caminado sobre esta ciudad con nombre de aire y destino de agua.

Manuel Belgrano debe estar revolcándose en su tumba

Qué bueno que pudieron venir los dos a esta reunión. Voy a ser lo más breve posible porque sé que son personas muy ocupadas, pero si no se pueden interrumpir las obligaciones laborales en pos de la educación de los hijos, aunque sea por un rato ¿qué mensaje le estaríamos dando a la sociedad? Sí, sí, no es necesario que me contesten. Como ustedes saben, hace poco fue el Día de la Bandera y, para homenajear a Manuel Belgrano en el salón de actos, les pedí a todos los chicos de tercero que hicieran banderas con el material que ellos quisieran. Vean cómo digo “cualquier material” porque sé que por ahí andan diciendo que soy muy rígida y esto no es así; les dejé que hicieran las franjas de nuestra insignia nacional con papel glasé, cartulina, papel crepe o friselina. Hace unos años, no habrían tenido tanta libertad. ¿Por qué les cuento esto? Porque de esta situación nace el motivo por el que los cité. Cuando estaba recolectando las banderas, Santi me dice que él no la había traído. Por las dudas, le pregunté si no había podido comprar los materiales, pero me pareció raro que esa fuera la razón, porque si tienen plata para irse de vacaciones a Europa todos los años, ojalá yo pudiera viajar tan lejos con mi sueldo de maestra, no les debería ser tan complicado ir a la librería a comprarse unos papelitos. Me dijo que no, como pensaba. Descarté, obviamente, que no hubiera hecho la tarea porque reproducir la bandera fuera algo muy difícil, porque parece que Belgrano pensó nuestra bandera para que la dibujara gente vaga, como si supiera quiénes iban a ser las futuras generaciones de argentinos. Santi me dijo que simplemente se había olvidado de hacerla porque se había quedado la noche anterior jugando a la play y, que cuando juega a la play, el mundo desaparece. Entonces le pregunté si sus padres no le habían recordado que tenía una actividad para hacer, porque sé que ustedes tienen un chat de mamis y papis, donde se van pasando las tareas. Él me respondió que no, que sus papás no le dijeron nada. Ah, ¿ustedes no sabían que tenía que hacer esa tarea? Permítanme que dude, porque yo los veo a ustedes que se hacen los que me prestan atención, pero aprovechan cada segundo que miro para otro lado para estar pinguipingui con el telefonito. No puede ser que no hayan visto una notificación del grupo. Y, ojo, no me digan que no están ahí porque sé de muy buena fuente que las únicas que se fueron del grupo son las mamis de Felipe y Jose, después de decirse todo tipo de improperios cuando se enteraron de que el profe de Educación Física estaba de novio con las dos, sin que la otra lo supiera. Habiendo tantos tipos por ahí, ¿por qué venirse a buscar uno a la escuela de los hijos? digo yo. Pero no, claro, eso no es lo importante. Lo verdaderamente importante es que ni a Santi ni a su familia les pareció importante participar en este sentido homenaje al creador de nuestra bandera. Ustedes me dicen que tanto lío porque no hizo la banderita. ¿Cómo se atreven a decir la “banderita”? Acá no estamos hablando solo de la bandera, de un papel o una tela, sino también de lo que representa. Es el significante de un significado que significa algo mucho más grande que la suma de todos nosotros. Hoy Santi se olvida de hacer una bandera, mañana no quiere aprender fracciones, en un año decide ignorar las capitales de América. ¿Y cuál será la siguiente cosa sin importancia que haga? ¿El robo armado a un banco? ¿El incendio de un orfanato? ¿La desactivación de la ONU? Ni siquiera podemos imaginarlo. El mismísimo Manuel Belgrano debe estar revolcándose en su tumba, preguntándose si valió la pena tanto esfuerzo para que el territorio nacional termine habitado por ustedes y por todos los Santis que brotan cada año del suelo como maleza, una maleza que impide el crecimiento de las especies que realmente le dan sentido a este granero del mundo. Cómo me gustaría tomarme una máquina del tiempo para viajar al pasado y decirle a Belgrano dejá, no te calentés tanto, hacé tu vida, disfrutá el momento. Carpe diem, le diría y él me entendería porque sabía latín, ahora la gente apenas sabe hablar castellano. Andate a bailar unos pericones por ahí, pasate las tardes tomando mate con pastelitos mientras ves el sol ocultarse en el horizonte de la pampa húmeda. Si total, vos sacrificás tu vida por la libertad y los que vienen detrás de vos, quienes van a gozar de los beneficios de tu lucha, no van a hacer el mínimo esfuerzo para recordar tu grandeza. Mirá: un tal Santi, que representa lo peor de nuestro país, ni siquiera va a tener ganas de pegar unos papelitos de colores para recrear la bandera. Pero bueno, es como dicen, la manzana nunca cae lejos del árbol. Y así terminó la conversación con los padres de Santiago Loretti, señora inspectora, porque, de la nada, se pusieron a gritar como unos desaforados.

La primera

María Galdámez Pinto enciende el aspersor y camina hacia el rosal que fue atacado por una plaga de cochinillas. Pulveriza agua jabonosa sobre tallos y hojas y luego retira los insectos a mano, con cuidado de no pincharse con las espinas. Se propuso dedicar esa tarde de jueves a hacer un poco de mantenimiento de su jardín delantero. No está preocupada por las plantas; si fuera por ella, se podrían secar todas. Solo quiere que Francisco piense que todavía está interesada en hacer cosas.

Está tan concentrada en finalizar la tarea para volver a recostarse en el sofá, que ignora que hace dieciocho segundos se detuvo frente a su casa una camioneta blanca del Departamento de Demografía. Se sobresalta al oír una voz masculina que le pregunta si es DF-8944467/0.

María forma una visera con su mano y distingue, a contraluz, la figura escuálida del agente del gobierno. Solo cuando se levanta puede verlo en detalle. A. Ruiz, dice el gafete en su uniforme.

—¿Es usted? —le pregunta el agente, con voz temblorosa.

María nota que él la reconoció. Ha visto esa mirada de sorpresa miles de veces. Le responde que sí, se saca los guantes y le ofrece su muñeca derecha para que pueda confirmar el dato. El agente le pregunta si hay alguien en la casa y ella dice que no, que su marido no volverá hasta dentro de unas horas.

Ruiz le muestra el documento oficial de notificación, membretado con las dos letras D azules. En el cuerpo del documento, figuran varios párrafos en letra muy pequeña con artículos de una ley que ella conoce de memoria. En negrita y con letra de mayor tamaño, el número de orden del sorteo: 00000000001. Será la primera persona en morir de acuerdo con la Ley Global de Mortalidad Obligatoria y Aleatoria. La camioneta la llevará hacia la instalación de cesión de vida más cercana e, inmediatamente, le aplicarán una inyección. No habrá sufrimiento.

Todas las personas deben morir, no es natural vivir para siempre. María rememora su discurso ante la Asamblea Global. En esa reunión, logró que el Movimiento Pro-Mortalidad, que ella había creado luego de terminar el doctorado, fuera escuchado por primera vez. Eso fue hace ciento cuarenta años y todavía recuerda detalles de aquel día. Vestía el traje beige que le había regalado Francisco para la ocasión. Te va a dar buena suerte, le había dicho cuando se lo dio. Ambos se rieron, siempre se hacían bromas alrededor de los conceptos de suerte, destino o casualidad.

El agente le dice que debe subir a la camioneta. Al llegar al lateral del vehículo, la puerta se abre automáticamente y una voz grabada de mujer la saluda por su nombre. El interior de la camioneta huele a lavanda. Es probable que esté inhalando alguna sustancia calmante, piensa. O, quizás, el agente me aplicó una droga de contacto a través del escáner. Sabe que el gobierno debe haber previsto varias estrategias para enfrentar a aquellos que no quieran renunciar a su inmortalidad. Cada vez son menos, pero los que quedan podrían resistirse con violencia.

A través del vidrio polarizado, ve al agente colocar un código con la notificación en la puerta de su casa. La reglamentación de la ley indica que, en caso de que la persona a morir estuviera sola al momento del retiro, no se puede comunicar con amigos o familiares. La idea es que no se demore innecesariamente el procedimiento. Tal vez esa medida se revise con el tiempo, a muchas personas le parece muy poco humana. Ruiz regresa a la camioneta. María lo supone aliviado por no tener que lidiar con una despedida incómoda.

María oye cómo se abre la puerta delantera y se enciende el vehículo. Observa su casa por última vez. Detrás del rosal, las pequeñas gotas que salen del aspersor forman un arcoíris. Se olvidó de cerrar la llave de paso del agua y tampoco programó la función de riego eficiente. Cuando Francisco regrese a las diez de la noche, como todos los jueves, encontrará el jardín encharcado. Ella imagina que él chasqueará la lengua al notar el descuido y correrá a cerrar la canilla, como si con eso pudiera resolver algo. Tal vez, la situación lo lleve a advertir que, en los últimos meses, habían vuelto las distracciones de María y que ahora eran más graves. Y se preocupará, porque seguramente tendrán que aumentar la dosis de Patmex y con más Patmex habrá más pesadillas. Sin embargo, sus preocupaciones por la salud de María desaparecerán cuando descifre el código sobre la puerta y lea la notificación.