Tres hombres y el ruido

Leo El silenciero, la lucha de un tipo contra el ruido. El tipo me cae muy mal, es bastante enroscadito. Su esposa Nina, al verlo tan selectivo en su molestia, le espeta que los ruidos del llanto del bebé no lo despiertan, que cómo puede ser. Ya debe estar harta la pobre mujer. Por la mañana, debe verse las ojeras en el espejo del botiquín mientras se pregunta qué le habrá visto al tipo. Son ruidos de un ser amado, le responde él, que no tiene ningún problema en llevar a su vórtice de desgracia a la parentela con cada decisión que toma. Todo por el alambre que representan los sonidos no deseados en su oído. Claro que él denuncia, pero las denuncias por ruidos molestos ya eran ignoradas por esa época.

La lectura me lleva a recordar al hombre que estaba en una guerra desigual contra AUSA; ese hombre que se lanza a una gesta heroica pero infructífera en la justicia luego de que le construyeran una autopista al lado de su ventana. Alguien seguramente le ha dicho que deje de pelear y venda el departamento. Pero ¿a quién se lo va a vender? A nadie, a menos que encuentre a un sordo, habrá pensado (esto es pura especulación mía).

También recuerdo al vecino de Oroño al que le molestaban los ruidos de la obra. En particular, le incordiaban las voces dicharacheras de los obreros por la mañana. El ruido, leí en un documento denunciatorio que llegó a mis ojos por la vía informal, había afectado su capacidad de generar o mantener (esto no lo recuerdo con precisión) erecciones. Como el tema no se resolvió, él decidió mudarse y volver para cuando la obra estuviera terminada y su calle volviera a ser un silencioso pasaje que no conectaba nada interesante. Luego de unos meses finalizada la obra, comenzó la construcción de un puente que forma un firulete sobre las vías de la línea Sarmiento. La calle es uno de los accesos a dicho puente.

El ruido siempre gana.

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