Al principio, mi familia no estuvo de acuerdo con la elección amorosa que tomé. “Siempre tan snob”, me acusaron mis padres, tías, primos e, incluso un pariente de octavo grado al que apenas conocía. Pero yo persistí y el tiempo hizo el trabajo de trocar sus miradas juzgadoras por otras resignadas. Es cierto que no lo puedo ver, pero eso no lo convierte en el peor de los maridos. Vea cómo es la cosa que hoy brindaremos por nuestras bodas de oro. Y como cada año, yo voy a beber de ambas copas.