Nadie baila tango en Buenos Aires

Escribo el título de un cuento y se desata un conjuro: los pies que pisan territorio porteño se paralizan cuando intentan moverse al compás del dos por cuatro. Quemo la hoja escrita con la esperanza de que la situación se revierta, pero el cometido no se logra. Desahogo el crimen en confidencia terapéutica, pero mi psicóloga (milonguera oculta) me delata. Las miradas despectivas en la calle develan antiguos bailarines. El sodero me elimina de su recorrido. Un japonés me pregunta si en marzo ya se podrá bailar, así reserva pasaje. Marzo no creo, pero en noviembre seguro que sí, le miento. Al menos, podrá ver a los jacarandás en flor.

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